lunes, 14 de abril de 2014

¡Ya la teníamos! ¡La República!



“En Zaragoza, como en toda España, a la exigencia cada día más perentoria de cambio de régimen se unía la demanda inmediata al Go­bierno de amnistía general para todos los presos políticos y para los desterrados por motivos de igual índole. Fue entonces cuando el Gobierno decidió celebrar las elecciones municipales, como válvula de escape de la presión popular y a modo de balón de ensayo para preparar las parlamen­tarias. Desde aquel momento, Zaragoza se cubrió de pasquines, y miles de hombres y mujeres transitaban por las calles luciendo cintas y escarapelas con los colores republicanos. En muchos escaparates aparecían los retratos de los héroes de Jaca, Galán y García Hernández. Mítines y manifesta­ciones se pusieron al orden del día. En uno de ellos tuve yo que hablar por vez primera en público. No recuerdo lo que dije, pero sí que me atraganté más de una vez. El día siguiente al de haber sido anunciadas las elecciones caí enfermo con una gripe que me dejó tronzado. Mi amigo el ingeniero, mis dos ayudantes y, sobre todo, mi chófer, me tenían al tanto de lo que pasaba.
EI día 12 se abrieron los colegios electorales. Aunque de las urnas debían salir los futuros municipios, la gente iba alas urnas a votar por la Monarquía o por la República.
Yo no tenía derecho a votar, pero me hubiera gustado estar en la calle y presenciar los acontecimientos. El médico me dijo que no pensara en le­vantarme antes de una semana. Tenía bastante fiebre. El 13 me telefoneó varias veces el ingeniero, y por la tarde vino a verme. Me informó del triunfo obtenido por los republicanos en Huesca y otras ciudades, sobre todo en Madrid y en Barcelona, donde era aplastante la victoria republi­cana. El 14 por la mañana entró en mi cuarto el chófer muy excitado.
-Don Antonio, se ha proclamado la República -gritó ya desde la puerta-. Toda la gente se ha echado a la calle.
No pude resistir. Me levanté de la cama, me vestí y a toda prisa.
En el coche, nos fuimos el chófer y yo a Zaragoza. Tuvimos que dejar el vehículo a la entrada de la ciudad, porque era difícil que pasara por entre la masa de personas que, dando vivas a la República y entonando la Marse­llesa, el Himno de Riego y otras canciones, llenaba las calles marchando en todas direcciones. Pronto, arrastrado por la multitud hasta la plaza de la Constitución, perdí el contacto con el chófer, y no lo volví a ver en todo el resto del día. La plaza estaba abarrotada de gente, pero nuevos grupos seguían constantemente llegando a ella, enardecidos, entusiasmados. Las canciones, los vivas llenaban aquel jubiloso aire de abril. Algunas personas llevaban en la cabeza gorros frigios. Alguien, agarrándose a las cañerías y a los salientes de la fachada del palacio de la Diputación Provincial, enarboló la bandera tricolor de la República, que fue saludada por una for­midable ovación. Ante el edificio y de espaldas a él se alineaba una sección de la Guardia Civil a caballo, con los sables desenvainados, al mando de un teniente. Éste hacía de vez en cuando un movimiento con el sable, que podía ser tanto un saludo a la multitud como una advertencia o una recomendación a la calma. De pronto se volvió hacia la fuerza. Comprendí que había dado una orden. ¿Iba a tratar de despejar aquella parte de la plaza? No. Había ordenado simplemente envainar sables. Luego, con la mano, hizo otro ademán solicitando que les abrieran camino, y en co­lumna de a dos la fuerza abandonó la plaza entre los aplausos de la gente.
Se oyó una voz:
-¡A Capitanía!
Centenares de voces repitieron el grito, y una corriente humana se puso en marcha por el paseo de la Independencia hacia la Capitanía Ge­neral. Yo iba arrastrado como una guija en un torrente. Un hombre ma­duro, de aspecto fornido, sudoroso y sonriente, me echo un brazo par encima del hombro. Y así anduvimos el camino aquel desconocido y yo, unidos por nuestro júbilo y nuestras esperanzas. De vez en cuando apoyaba más su mano en mi hombro para acentuar una frase:
-¡Ya la tenemos!
Ya cerca de Capitanía vi que unos grupos, saliendo de las calles laterales, venían a engrosar nuestras filas llevando en hombros a dos artilleros. Uno era uno de los hermanos Arbex. Los dos oficiales agitaban sus gorras de uniforme saludando a la gente que los aplaudía y daba vivas a los militares del pueblo. Sobre un mar de cabezas flotaban banderas republicanas y se erguían los retratos de Galán y García Hernández. Frente a Capitanía cesaron de pronto los gritos y se estableció un silencio cargado de emoción, que instantes después desgarraron los gritos de:
-¡Fuera! ¡Fuera!
Los gritos sonaban cada vez mas fuertes. La multitud empezó a escandir la palabra ¡Fuera!, mientras que los que enarbolaban los retratos de los héroes de Jaca los agitaban. Así decía que no olvidaba el pueblo al capitán general que había aprobado la sentencia de muerte de aquellos dos valientes. Cerca de mí, un hombre levantó la mano y lanzó una piedra que rompió un cristal de una ventana de Capitanía. Pero inmediatamente se alzaron voces para recomendar la calma. Poco después apareció en el balcón el general Fernández Heredia, seguido de un coronel y varios oficiales. El general intento hablar. Dijo algo que no se oyó, porque la multitud apagó en gritos y silbidos su voz. El coronel dijo algo a su superior y todos se retiraron del balcón. La guardia de Capitanía se abstuvo, prudentemente, de intervenir.
Reanudé la marcha dejándome llevar por la gente. De pronto sentí  un cansancio tremendo. Las piernas no me sostenían. Me metí en un portal y me senté en un escalón a descansar unos minutos. Después salí y me encaminé hacia donde habíamos dejado el automóvil. Rendido, pero rebosante de alegría, regrese a casa. Caí como un leño en la cama. No se cuantas horas dormí. Cuando me desperté me puse el termómetro. Me había desaparecido la fiebre. Recordé las palabras de mi compañero del día anterior:
-¡Ya la tenemos!
¡Ya la teníamos! ¡La República!”


Extracto del libro:
Trayectoria. Memorias de un militar republicano.
Antonio Cordón 





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