domingo, 31 de enero de 2016

Rafael Pérez. Actor, medico frustrado, profesor, cronista, y además, quijornero.



1808 fue un año clave en la historia, tanto de España, como de nuestra región, Madrid. Son tantos, y de tal calibre los acontecimientos que se vivieron en apenas unos meses, que incluso se puede hablar del final de una Era, la Moderna, y el inicio de otra, la Contemporánea.

La centuria se había despertado inquieta. Las ambiciones imperialistas napoleónicas sacudían el equilibrio continental tan anhelado por Inglaterra (por favorable a sus intereses). En ese juego de poder, Portugal, aliado de Inglaterra, era una pieza clave en el bloqueo que París quería imponer a Londres tras la derrota naval de Trafalgar. Sólo existía una vía para que los ejércitos napoleónicos pudieran llegar a tierras lusas – España - y Napoleón se garantizó no sólo la seguridad del trayecto mediante el Tratado de Fontainebleau de 1807, sino que con el mismo abrió también la posibilidad oculta de arrebatar el trono a los borbones. 

Por aquel entonces la corte madrileña discurría bajo la atmósfera de nerviosismo. La triada formada por Godoy (favorito de la reina) y los reyes se veía amenazada por parte de la nobleza, encabezada por Fernando, el revoltoso Príncipe de Asturias. Descubiertas las posibles intentonas francesas, Godoy exhortó a la pareja real a abandonar Madrid y viajar hasta Andalucía para después embarcar camino del exilio en América, pero finalmente sólo hubo una parada. En los Idus de marzo de 1808, los fieles fernandinos se amotinaron contra su rey en Aranjuez. Como nuevo rey, Fernando se vio preso del avance francés. Uno a uno, todos los borbones irán acudiendo a la llamada imperial con sede en Bayona donde se producirán el 6 de mayo las famosas abdicaciones que trasladarán la corona a la testa de José Bonaparte. El último viaje, el del infante Francisco de Paula provocará, al grito de “Que nos lo llevan”, no sólo el levantamiento de Madrid contra el invasor francés, sino el comienzo de la Guerra de la Independencia y más adelante, el advenimiento del régimen constitucional de Cádiz.

Muchos son los protagonistas madrileños de aquellos acontecimientos. Desde los héroes Daoiz y Velarde a Manuela Malasaña, pasando por el alcalde mostoleño Andrés Torrejón. Y muchos son también los que dejaron testimonio de tan importantes hechos: partiendo de las magistrales pinceladas del genio aragonés Francisco de Goya en universales lienzos como La carga de los Mamelukos o Los fusilamientos del 3 de mayo, hasta las palabras escritas por Rafael Pérez…

Y este es, precisamente, el momento donde se cruzan las vidas de los habitantes contemporáneos de Quijorna con la de este cronista, muy poco conocido hasta ahora más allá de reducidos ambientes históricos. Gracias al aviso de un médico jubilado e investigador de la historia madrileña, hoy sabemos que existió un singular quijornero que además de actor, fue protagonista y testigo de un periodo crucial de nuestra historia contemporánea. 

Rafael Pérez fue natural de Quijorna. Lo acredita, entre otras fuentes, su necrológica, publicada en el Correo Literario y Mercantil del 27 de enero de 1832: “D. Rafael Pérez, actor de los teatros de Madrid, nació en Quijorna, partido de Toledo, a seis leguas de Madrid, en 5 de octubre de 1775, donde permaneció hasta la edad de ocho años, en que se trasladó a la corte, y estando en ella emprendió después la carrera de la medicina; pero por falta de medios para continuarla entró a servir a S. M. en el ejército el año 1792…”

Arturo Pérez Reverte, en su libro “Un día de cólera”, vuelve a hablar de él al relatar que el también cronista Isidoro Máiquez participó en las luchas en las calles de Madrid el 2 de mayo antes de escribir sobre ellas, mientras que su par, Rafael Pérez, optó por encerrarse a escribir directamente, dejándonos como legado un libro que es mitad diario y mitad memorias personales, un trabajo verdaderamente excepcional que abarca el singular y peligroso periodo que va de la primavera al otoño de 1808. 

En nuestros días, el historiador Joaquín Álvarez, encargado de redactar la introducción y notas de “Madrid en 1808, el relato de un actor” (Biblioteca Histórica. Ayto. de Madrid. 2008), cuenta que el autor nacido en Quijorna dejó escrito en el encabezamiento de su manuscrito que para protegerlo, se vio obligado a ocultarlo en el tejado de un palomar pocos días después de la segunda entrada de los franceses en Madrid (4 de diciembre de 1808). Hoy sabemos que cuando el ejército invasor se retiró de esta capital para no volver a ella (28 de mayo de 1813), los papeles de Rafael Pérez fueron buscados, pero no se pudieron encontrar. Se dieron por perdidos hasta 1919, cuando fueron descubiertos en una inspección más a fondo en el mismo lugar en que su autor los había escondido ¡111 años antes! Según este mismo historiador, la obra de Rafael Pérez “es seguramente una de las primeras veces que en un texto (que además es contemporáneo de los hechos) el pueblo se convierte en protagonista, y Rafael Pérez supo verlo, del mismo modo que intuyó la importancia para España del Motín de Aranjuez. La Revolución Española, como la llamaron tanto los liberales como los conservadores, comenzaba en Aranjuez”. 
  


Aunque no tenemos la confirmación documental de su nacimiento en Quijorna, ya que las partidas bautismales se perdieron durante la Guerra Civil, es evidente que supone un motivo de orgullo local el que Rafael Pérez vincule el nombre de nuestro municipio con el relato del turbulento año de 1808.

Actor, medico frustrado, profesor, cronista, y además, quijornero. Dos siglos después, no podríamos establecer mejor reconocimiento y homenaje a este ilustre vecino que el ponerle su nombre a una plaza, concretamente la todavía denominada de la V Bandera, que por mandato legal (según obliga la Ley de la Memoria Histórica) y tras la aprobación de una moción presentada por nuestro grupo político (IU – Ganemos) tenemos que cambiar. 

Esta es la historia que nos une, la que hicieron vecinos que como Rafael Pérez, que llevaron consigo el nombre de nuestro pequeño pueblo cuando trabajaban en favor de la cultura y el progreso, y no la que sigue dividiendo, con nomenclaturas del pasado golpista más negro y atroz.



Daniel Núñez



No hay comentarios:

Publicar un comentario